lunes, 23 de junio de 2008

Lesbianos contra lesbianas

Un grupo de ciudadanos de la isla griega de Lesbos, dirigidos por el editor Dimitris Lambrou, ha iniciado un proceso legal en Grecia para impedir que el colectivo de mujeres homosexuales "usurpe" su gentilicio y las mujeres autóctonas puedan llamarse "lesbianas".

Los demandantes afirman que el termino “lesbiana” crea confusión entre la preferencia sexual y la isla de Lesbos.

Por su parte las organizaciones homosexuales grecas alegan que el motivo de los demandantes es pura homofobia.

Ahora, más allá de las dos posturas, no es tarea fácil utilizar otro término porque significaría todo un cambio social y cultural. Incluso en la Real Academia española aparece la palabra "lesbiana" con dos acepciones; la primera como un adjetivo: lesbio (natural de Lesbos, perteneciente o relativo a esta isla y perteneciente o relativo al lesbianismo); la segunda: mujer homosexual.

Si el fallo de la corte, que se dará a conocer en seis meses, es a favor de los habitantes de Lesbos, ¿la gente utilizará otra palabra para referirse a las lesbianas, o continuará utilizándola a pesar del fallo?

domingo, 8 de junio de 2008

La octava noche

Por octava noche consecutiva miré el reloj que me decía que eran las 4. Pensé en levantarme y buscar algún remedio casero para poder dormir… -si ya probé de todo y nada funcionó hasta el momento-. Quiero ir hacia la cocina para tomar un vaso de leche, pero algo me frena. Sí, ahora lo escucho; afuera el viento sopla muy fuerte y pareciera que va a arrasar con todo en su camino.

Cuanto más esfuerzo hago por dormirme, más ruidos escucho y mi mente no deja de imaginar cosas. Pero me doy cuenta de algo; -¡cómo no lo noté antes!- esta es también la octava noche en la que el viento sopla con una fuerza inusitada. En ese momento intento buscar una explicación lógica y me digo a mí misma que no es algo raro que haya tanto viento, pero ¿porqué escucho los mismos ruidos que las madrugadas pasadas? Quizás el cansancio hace que mi imaginación me engañe.

Estoy alerta, sin embargo no siento miedo…finalmente me levanto, agotada de dar vueltas en la cama. El viento para y de repente todo es silencio. Pero algo raro sucede, mi casa es diferente, -quizás porque no es mi casa- y me doy cuenta de que recorro un pasillo donde todo es blanco e inmaculado. Es el pasillo de un hospital.

Veo a mi familia hablando con un médico y me acerco a escuchar; parecen no notar que estoy ahí. ¿Qué pasó? ¿Por qué están tristes? No me escuchan.

Por octava noche consecutiva entran a mi habitación junto con el doctor: “Lo siento, nada cambió…sigue dormida”.

jueves, 22 de mayo de 2008

Invisibles

Supongo que no es raro, pero me di cuenta de que es más fácil hablar con un desconocido que con mis propios vecinos.

Esta mañana me encontré con una señora/señorita –no sé definir su estado civil- en el ascensor. Cuando entró no me saludó, podría asegurar que ni siquiera notó que había alguien más. Piso 4, 3, 2, 1, planta baja… abrió la puerta y bajó.

No es que me haya sorprendido, de hecho cada vez que la cruzo es igual, pero esta mañana me molestó y mucho porque además de ignorarme cerró la puerta de calle prácticamente en mi cara. Decidí entrar a su negocio y preguntarle qué le pasaba. Pero me quedé parada observando porque una clienta llegó y mi vecina no la miró, fue como si fuera invisible.

La señora giró hacia mí y dijo: “Parece que no está atendiendo… o no tiene ganas de atender. ¿No sabés dónde hay otra peluquería?”.

En ese momento perdí el papel protagónico y dejé de ser la única a la que ignoraban. Por supuesto la peluquera perdió una clienta.

Lo interesante es que pude quedarme charlando un rato con Marcela (la que no consiguió ser atendida), una nueva amiga invisible.

sábado, 10 de mayo de 2008

Máximo y Gabriel

Un día como cualquier otro. La gente camina rápidamente, inmersa en sus propios problemas. Pero Máximo recorre la avenida Sarmiento de manera diferente, quizás porque su trabajo está en la calle y por eso debe detenerse a mirar lo que los demás no miran: cartones y papeles que los negocios y casas desechan.

Lo observo. Noto que un niño está con él y me está mirando. No parece molesto, sino curioso porque se dio cuenta de que los estoy siguiendo. En ese momento Gabriel, de 5 años, se acerca y me saluda alegremente. Su papá, Máximo, también hace lo mismo y cinco minutos después ya estábamos charlando.

Me contaron tantas cosas que apenas llegué a mi casa tuve que escribirlas en papel para no olvidarlas. Sin duda lo que más me llegó fue la alegría y el orgullo de Gabriel de saber que está ayudando a su padre. “Pero él sabe que a mi no me gusta que venga a cartonear, lo hago porque no podemos mandar a los dos chicos al colegio, la plata no nos da”, me contó Máximo. También me dijo que prefiere que esté junto a él y no que se quede hasta la madrugada vendiendo mentitas en los semáforos y bares.

Otra cosa que me sorprendió es la buena relación que tienen muchos comerciantes y vecinos con él. “Ya saben que yo paso seguidito por acá, entonces me dejan cajas y diarios que ya no les sirven”, explicó. Incluso hay una señora –que espero poder conocer en algún momento- que los espera con un mate cocido.

Antes de despedirme le dije que me parecía que su trabajo era muy sacrificado porque sacaban poca plata y tenían que caminar mucho. “Sí, es difícil, pero por lo menos puedo estar con mi hijo, ver a la gente en la calle y también conocer a locos como vos que necesitan hablar un rato ¿Che lo de loco es con buena onda no?”.

Su respuesta me descolocó, me pareció genial. Yo estaba convencida de que él tenía ganas de charlar con alguien y contar su “historia” y el pensó lo mismo de mí y por eso se acercó.

sábado, 3 de mayo de 2008

Sólo emociones

Hay días en los que necesito que un ángel pase por mi vida, me de un respiro, una bocanada de aire fresco. A veces esos ángeles están siempre alrededor mío y no los noto y es así como se terminan yendo y buscando a alguien que si los mire.
Lamentablemente me doy cuenta que los quiero y necesito a mi lado cuando ya no están. Quizás si dejo de lado lo que pienso de mí y la imagen que la gente creó, por lo que permito que vean, se queden a mi lado. Quizás si pongo mi corazón y mi vida en sus manos…Siempre es quizás, ¿porqué no hacerlo?

Hoy lo hice.

Este es un post distinto, no suelo escribir en primera persona pero las emociones por las que atravesé durante el día así lo exigían. Son sólo eso, emociones y necesitaba expresarlas de algún modo.

sábado, 12 de abril de 2008

El abuelo Joaquín

Es muy interesante ver cómo, cuando prestamos un poquito de atención y salimos de la rutina diaria, empezamos a notar cosas que antes no veíamos. Este es el caso del abuelo Joaquín, con quien compartí cerca de dos horas de charla en la Plaza Urquiza.
La mañana era increíble, el sol brillaba y la temperatura era muy agradable. No podía quedarme encerrada y decidí aprovechar para recorrer un poco la ciudad. Después de una hora de caminata –que dejó mis pies destruidos porque estaba con tacos- me senté en un banco de la Plaza Urquiza. A mi lado se encontraba Joaquín, un abuelo de 81 años que había llevado a su nieta a jugar.
-“Buen día m´hija”-, dijo amablemente
-“Buen día señor. Parece que tiene ganas de charlar”- contesté
-“Siempre”- aseguró
Y así comenzó una conversación muy interesante en la que me enteré de que fue mecánico hasta hace unos años. Me explicó que si bien su vida es feliz, tiene algunos asuntos pendiente, como viajar más: “Recorrí casi toda la Argentina pero me gustaría conocer otros países también”.
Pero debo admitir que lo que más me divirtió fue cuando me confesó que le gusta frecuentar la plaza porque “hay chicos en patinetas y a mi me encanta verlos y hablar con ellos. Algunos se visten medio raro, pero son buenitos”. Me dijo que era una lástima que en su época no existían “estas cosas que dan la sensación de estar volando”
Luego de contarle algunas cosas mías y de reírme un rato con su nietita de tres años (porque no paraba de correr y ensuciarse), me despedí. Él me agradeció por haberme sentado a su lado y escucharlo y yo por regalarme su tiempo.

Hasta hace unas semanas no se me hubiera ocurrido entablar conversación con un desconocido, pero luego de una experiencia maravillosa que cambió mi cabeza decidí dejar de lado mis prejuicios y animarme a conocer gente.
No es que salgo a la calle buscando con quien hablar, sino que cuando veo a alguien que parece tener muchas cosas para decir lo encaro. Por supuesto trato de ser transparente y auténtica para que no crean que soy una loca, jaja.
Esta es sólo la primera de muchas charlas que pienso tener. La ciudad tiene muchas historias para contar y espero, de a poquito, conocer algunas de ellas.

sábado, 5 de abril de 2008

¿Se terminaron los cubanitos?

Ayer por la tarde decidí salir a caminar al centro, quería despejarme y estar sola un rato. La peatonal estaba llena de familias paseando y disfrutando, pero algo me llamó la atención. Un señor estaba vendiendo pelotas inflables; sé que esto no parece algo extraño, pero en este caso si lo era.
Era un hombre bien vestido y me pareció reconocerlo así que me detuve a observarlo… no podía recordar dónde lo había visto. Después de un rato seguí caminando y entré en una de las galerías. En ese momento me di cuenta, el señor que vendía los cubanitos rellenos de dulce de leche no estaba y la razón por la que no se encontraba allí era porque estaba vendiendo pelotas en la peatonal.
Debo admitir que me dio tristeza no ver a esta persona con su traje impecable y su pelo engominado; sentí que parte de mi infancia se había ido.
Ahora su sonrisa amable invita a los chicos a comprar juguetes…